Al nacer, uno no sabe bien lo que hace. Así, puede nacer aquí, allí o en medio.
Anyub y Lucía llegaron de dos profundidades distintas. Una venía de Extremadura; la otra, de Anatolia Central. A una le sorprendió el azul de sus puertas; a la otra, el calor sofocante de Estambul.
La primera vez que estuvieron cerca fue en el Gran Bazar. Casi se rozaron al coger unos vasos de té, pero no se vieron. A Lucía le sorprendió que hubiera tantas cosas que se pudieran comprar; a Anyub, tantas que se pudieran vender.
Esa tarde, al cruzarse en el puente que une o separa Asia de Europa, se miraron. Fue un instante, o menos. Pero por la noche ambas se durmieron convencidas de que aquellos ojos, que coincidieron perfectamente con los suyos, ya los habían visto en otra parte. Al levantarse comprendieron que era la misma mirada que encontraban, cada mañana, en su espejo.