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Finalista 2006 Que vienen… de Álex Marín Canals

Me es totalmente indispensable el escribir y dejar constancia de eso que en sueños he vivido y que me hiela las muñecas, impidiéndome el describir hecho alguno.

¿Cómo comenzar? ¿Qué decir que no se sepa ya? ¿En qué momento dejó de ser ello irreal para convertirse en otra cosa? No lo sé, pero me es completamente imprescindible el contarlo todo y hacerlo ahora, tiempo que quedará atrás en mi memoria y presente en el tiempo del lector u oyente de estos mis sucesos:

-Que vienen…

Hubo de decirlo ella en un momento dado de nuestro almuerzo. Yo lo sentía, pero en ningún momento osé decir nada por no desatar lo que es la intriga y el desconcierto. En el momento del decir, las fantasías más inverosímiles se tornan sucesos que bien pudiera vivir cualquiera sin necesidad de escandalizarse por eso quedé en silencio mientras ella se levantaba y me preguntaba qué podíamos hacer.

-Por lo pronto -dije- almorzar. Después ya veremos.

Pero ninguno de los dos lo consiguió. Ella manchó con no sé qué sus manos y yo le dije que no pasaba nada, que intentara calmarse.

-Pero es que vienen…

¿Qué decir que anteriormente no haya dicho nadie? Sabía que era cierto, tenía la sensación de vivirlo en mis carnes aún antes de sucederse nada. Ordené que recogiera todo mientras yo me asomaba a la ventana.

-Vienen. ¿Verdad? - Preguntó sobresaltándome.

En la calle nadie había y el sol se alzaba zafónicamente plácido; y las nubes matizaban un cielo azul inmenso. Esa quietud -advertí para mis adentros- era la quietud que precede al desastre.

Sentí detrás de mí su olor, y en mi pecho como el sonido de la espuma que viene del mar. Bajé las persianas y corrí las cortinas. Ella encendió la luz con sus sucias manos ensuciando el interruptor y parte de la pared.

Nos miramos, y durante unos segundos, no sé si uno, dos, o tres, pude oír claramente algo parecido a pasos, a gotas de agua tras los cristales. Eso intenté decirle a ella, pero ésta corría escaleras arriba con una botella asida y vaciándose al tiempo, a la misma velocidad, que el tiempo se sucedía.

Petrificado. Helado de miedo y consciente de mi cobardía quise seguirla y resguardarme en donde ella estaba, arriba, muy arriba en esta casa mía, pero en el momento de dar pie con eslabón el timbre del interfono sonó inusualmente estridente.

-Ya han llegado- dije al tiempo de despertar y verla a ella en la cama, junto a mí, y empapada en lo que atiné a percibir, por el olor, como cerveza. En su cara inconsciente por el sueño una mueca desconcertante, y en el piso inferior unos ruidos.

¿Qué o quiénes son? No lo sé, pero siento en las paredes de mi memoria que algo se me escapa. Y ella despierta, y al pasar la mano por la cara, ésta queda grasienta del color mismo que en mis sueños vi.

Los ruidos ya no provienen de la cocina sino de las escaleras, y mientras ella me mira y dice lo que en sueños tan bien escuché, “que vienen…”, temo yo que haya de dejar aquí la pluma y enfrentare al incierto (o inciertos) visitante, de cuya presencia, un terrorífico olvido hubo de borrar imagen y nombre alguno.


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