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Diez de la mañana en una oficina de empleo de cualquier ciudad española. Un funcionario trasnochado comienza su turno de ofertas y demandas.
"A ver. Pasen por esta ventanilla los Sres. Panza y Quijano y la Srta. Lorenza en riguroso orden, por favor".
Con aspecto bonachón el Sr. Panza se acerca al mostrador. "Sr. Panza, hoy es su día de suerte, y el de sus compañeros también. Requiere de tres personas pacientes, entregadas y de buena voluntad. La faena consiste en leer libros a gente de todas las edades en varios pueblos de La Mancha. Muchas aldeas están repoblándose y deben desarrollar los servicios básicos como Dios manda. Es una labor agradecida. Tendrá contacto con gente muy humilde, algunos incluso analfabetos". "Pero, oiga, yo si no hay libros con dibujos y letra grande no me veo capaz". "No se preodupe, sus libros vendrán con colores, se lo garantizo. Sr. Quijano, pase usted". "¿Qué se le ofrece, noble bachiller?" "Ejem... en todo caso que le ofrezco yo. Lecturas de libros en localidades de La Mancha. Tres comidas al día, una cama y un sueldo digno". "¿Leer libros? ¿Libros de qué clase?" "Pues no sé, de todo un poco: geografía, novelas de aventuras, historia..." "¡Los libros de aventuras están repletos de falacias y quimeras! Son para iluminados y fantasiosos, gente ociosa. Mi única misión en este mundo es la de enderezar agravios y deshacer tuertos". "De eso no tenemos, Sr. Quijano. Le veo algo alterado con ese género literario. No es bueno obsesionarse con..." "¿Alterado yo? ¡Qué desfachatez! Del Amadís a Lancelot, de Tirante el Blanco al rey Artús, todo lo he vivido yo con ellos, batalla a batalla, párrafo a párrafo". "Perdóneme si le he ofendido y deje que atienda a la Sra. Lorenza, por favor, no tengo todo el día".
El enjuto Sr. Quijano se retira junto al gentil Sr. Panza no sin antes proferir un sonoro "bellaco" al funcionario y encarar resignadamente su famélica figura hacia el mostrador de "aceptaciones". La Sra. Lorenzo, joven afable y buena trabajadora, no puede rechazar la oportunidad del empleo en La Mancha. Pasados cinco minutos de riguroso papeleo, el inspector jefe de la oficina se impacioenta al ver la larga cola que todavía queda por atender.
"Señor Cervantes, ¿a qué espera para seguir despachando a más demandantes? ¡Dése prisa, hombre! "Lo siento. Ha sido difícil encontrar un destino a estos tres pájaros! Usted ya me entiende. A ver... pasen por esta ventanilla el Sr. Persiles y la Srta. Segismunda, por favor".
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