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Cuando el ayudante de dirección gritó: - “A primera!”, y ella volvió a situarse al borde del precipicio yo le vi un brillo en los ojos que antes no tenía.
Era una de esas actrices a las que admiraba. Para mí era un placer estar a su lado aunque mi papel se limitara a entregarle una especie de chal y decirle - “Hace frío esta noche, señora”, a lo que ella debía responder sólo con una sonrisa.
La misma escena la rodamos ocho veces. Entre una y otra, ella me hablaba y yo me empapaba de sus palabras, y sus tristezas.
Al final fue cuando me dijo: - “A veces estás tan dentro de un personaje, o te pareces tanto a uno de ellos, que aprovechas para resolver tu vida como lo haría la protagonista a la que interpretas”.
De nuevo en nuestras posiciones, al darle mi frase, ella improvisó para decirme: - “Buenas noches, no me despiertes mañana”.
Yo no supe captar su mensaje, ni pude imaginar su proceder. Me alejé como correspondía y me giré ya fuera de la escena.
Volvió la cabeza para mirarme, improvisando de nuevo, y saltó al vacío. Justo en ese momento comprendí la intención de sus palabras, porque vi claramente que ella, intencionadamente, había olvidado ponerse el arnés que evitaba dejarla caer al vacío.
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