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Desde que tengo memoria no he hecho otra cosa que racionarla.
Por ejemplo: Cuando, de pequeño mi madre enviaba a comprar varias cosas, sólo retenía la mitad, para la otra mitad iba otro día, al fin y al cabo, hay más días que memoria, pensaba.
En la escuela también guardé la mitad de los ríos, de las comarcas, de todo.
Así sólo recuerdo la mitad de mi vida, bueno la mitad y un olvido.
Lo cierto es que nunca me fue mal con esta costumbre hasta el día que comprendí que había olvidado decirle lo mucho que la quería, que ya era tarde para disfrutar de ella, para mirarla moverse por su casa, para verme en sus ojos cuando me hablaba, sentirla cerca, oler y respirar esa esencia que sólo poseen las madres.
Un día te acuestas, o te levantas y ya no está su olor. Lo que tú creías inamovible, por que jamás a ella la relacionaste con la duración de la vida, ya no está, y sólo te queda su recuerdo; su recuerdo y tu olvido, el único del que me arrepiento. Del resto no, todo lo demás que fui dejando en la cuneta, me ha dejado espacio suficiente para seguir recordando, ahora hasta derrochar, este olvido, el más doloroso de mi vida.
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