Siete puertas. Siete espacios vacíos que vuelven a llenarse con más sombra, con más olor a muerte. Porque el olor a cadáver se te mete en las narices, te impregna la piel, te va convenciendo lentamente y te deja del otro lado del sentido para que te entretengas con tus angustias por momentos.
Siete puertas. Ya no sé quién de nosotros profirió el primer grito de guerra. Quién embistió por primera vez, quién asaltó la primera puerta. Hace tanto tiempo ya que nos peleamos por una causa que hemos olvidado, se nos ha perdido en las trincheras, ahora se hace llamar desesperación.
No he encontrado a nadie en la segunda puerta. Es una estrategia, estoy seguro. Hace tiempo que se viene hablando de ese arma letal que usará. Es una estrategia. Dejará todo pero al final cuando las fuerzas disminuyan y la sangre haya abonado toda la extensión de la muralla, que ahora que la miro se me vuelve infinita, como el mundo, como este no hallarse en ningún lugar del mundo. He gastado millones y noches en ese arma, pienso en ello pero "todo es tan inexplicable que me duele la inutilidad de las ideas" y continuo. No he encontrado a nadie en la tercera puerta y en la cuarta cuando ya casi me arrastro por el barro, otra vez el vacío. Me siento abandonado por mí mismo en este dejarse ser de lo absurdo. El sabor a batallas usadas se mezcla con mi sudor y me pesa sobre todo cuando la sexta puerta chirría dejándome al borde de todo. Ahora sí tengo miedo. La séptima puerta. Me lo he encontrado al fin. Su figura, casi sombra, casi fantasma, vencido por el peso letal de su arma y por los años y por una angustia que me sobrepasa. No sé si dispara. De todas formas yo ya estoy muerto. No sé si dispara. Me cuesta reconocer a Polínices en este espectro, casi hermano, casi enemigo. No sangro porque he muerto de tristeza. No sé si dispara, pero su arma ha dado en el blanco.