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Quim Pujol
Accèssit 1998 Una noche sin luz de Quim Pujol Guerrero
Menos mal que no era la primera vez que pasaba, sin eso Matilde se hubiese asustado de veras. Pero ella, quizás en alguna terrible pesadilla de su infancia o en algún pasado todavía más remoto, ya había conocido aquel espacio lóbrego sin muros ni personas.
Matilde se dio la vuelta en la cama y hundió todavía más la cabeza en la almohada para preguntarse si soñaba o si estaba despierta.
No, ya recordaba la realidad, la larga tarde junto a su marido después de todo un verano de gritos y peleas, la reconciliación definitiva en el banco del parque donde se habían dado su primer beso de novios, tantos años atrás, delante del mismo prado sucio que ahora había sellado la paz entre ambos.
El respirar del pesado cuerpo de su marido hacía subir y bajar el colchón rítmicamente y Matilde sonrió con ternura. Algo le decía que él no estaba dormido, pero le dio pereza abrir los ojos y comprobarlo. Y luego estaban las tinieblas, aquellas horribles tinieblas que la rodeaban y no la dejaban entrever ni un rayo de luz. ¿Qué era aquella pesada oscuridad que se cerraba sobre ella como una trampa?
Bajo la manta, Matilde apretó los puños e hizo un esfuerzo para aferrarse a los recuerdos de aquella tarde. Después del paseo por el césped sucio del parque, todo aquel papeleo pendiente en los despachos del notario y del abogado. La declaración de la renta, el testamento a favor del cónyuge, los trámites de un nuevo comercio en la ciudad que la pareja regentaría con la ayuda de una vieja amiga del esposo de Matilde.
Ya en casa habían hecho el amor como nunca desde hacia muchos meses, y más tarde, mientras ella se duchaba, había sido él quien por cortesía, había preparado la cena.
Antes de servir los platos ella se había mostrado algo celosa de la vieja amiga de su esposo y volvieron a discutir un poco. Pero todo se tranquilizó al empezar la cena, y ella se comió fingiendo placer hasta la última cucharada de aquel estofado incomestible y tan amargo que él mismo apartó el plato con una sonrisa entre pícara y perversa. Al fin y al cabo no le podía reprochar nada, aunque hubiese salido tan malo, lo había hecho con buena intención.
Pero a pesar de todo allí seguía, como en la más angustiosa de las pesadillas, aquel terrible vacío negro en el que Matilde se iba hundiendo cada vez más. Desesperada ya por despertar, y apagando el grito que sentía nacer en su garganta, Matilde recordó aún el postre del final de la cena, el ruido de los platos sucios cayendo en el agua de la pica, el buenas noches de su marido, el ruido de sus pasos caminando hacia el piso de arriba, su propia perplejidad cuando vio, mientras se lavaba los dientes, el pote de matarratas vacío en el estante más bajo del armario del lavabo.




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